La fe cristiana no es para vivirla en privado sino para ser vivida de una manera altamente contagiosa. Esto significa ser «sal de la tierra y luz del mundo». Ese contagio sentía la gente al ver la bondad de San Vicente de Paúl: «Oh Dios, si este sacerdote es tan amable, ¿cómo serás Tú?». ¿Cómo impactar así? He ahí el desafío.
- Iluminando la vida de otros por medio del buen ejemplo. Un obrero pidió ser instruido por un sacerdote en la santa religión católica. El sacerdote preguntó: ¿Cómo es que decidiste creer? El hombre contestó: «Es que tengo un compañero que es tan alegre, cordial y buen amigo. Cuando le pregunté cómo llegó a ser así, me dijo: los domingos va a la Misa, lee la Biblia, se confiesa, confía en Dios y en la Virgencita. Saber aquello me llenó de alegría. Quiero ser tan alegre y tan buen compañero como él».
- Demostrando nuestro amor a Dios por encima de todo. Obedeciendo sus mandamientos, orando, leyendo la Biblia y sirviendo al prójimo. Quien hace esto fielmente, será como San Francisco de Sales. Un día, un hermano protestante, al ver que hacía la genuflexión ante el Santísimo de una manera tan extraordinaria, se conmovió y empezó a creer. Le bastó eso para hacerse católico.
- Imitando a Jesús con las buenas obras. Podemos «ser luz del mundo y sal de la tierra» mediante la práctica del amor incondicional que «no pide nada a cambio»; humildad para «responsabilizarme de mis decisiones»; compasión y perdón como el que tuvo Jesucristo por la humanidad.
