El escritor sagrado dice: «cuánto más grande seas, más humilde debes ser, y alcanzarás el favor de Dios». Los favores de Dios están destinados a los que son humildes. Por eso, la sentencia de Jesús es clara: «el que se eleva, será humillado, el que se humilla será elevado».
Vivimos en tiempos de gente arrogante, orgulloso, soberbio y perverso. Siempre prefiriendo ser importantes, queriendo ocupar los primeros puestos, queriendo sobresalir o destacar. Esa es la actitud de los fariseos y del anfitrión.
Quizás hemos de aprender la humildad de santa Rosa de Lima: quien, habiendo sido tentados por el demonio, había llegado a repudiar la oración, la meditación y las penitencias. Entonces, entrando en la capilla, protestó ante Jesucristo:
— ¿Señor, dónde te habías marchado cuando yo estuve padeciendo tan terribles tentaciones?
Jesús le contestó:
— Estuve contigo, dirigiendo tu barca para que no sucumbieras en medio de la tempestad.
Gracias a ese diálogo con Jesús, santa Rosa tomó la decisión de mortificar su orgullo, su amor propio, su deseo de aparecer y ser admirada. Por tanto, para ser humildes:
- Primero, hay que mortificar nuestro orgullo, nuestro amor propio, nuestro deseo de aparecer y de ser admirados y conocidos, sabiendo que «quien se humilla será enaltecido». En eso consiste: preferir los últimos lugares.
- Segundo, hay que practicar la generosidad (con los pobres, lisiados, paralíticos y ciegos), pues dice el proverbio: «Unos dan a manos llenas, y reciben más de lo que dan: otros ni sus deudas pagan, y acaban en la miseria» (Proverbios 11,24).
