Por un lado, la sabiduría dice de sí misma: «levanta tu carpa en Jacob y fija tu herencia en Israel». Así es como Dios se instala en medio de su pueblo gracias a la sabiduría. Por otro lado, «en Cristo estamos predestinados a ser hijos de Dios», lo que equivale a decir que somos «hijos de la luz». Por eso dice san Juan: «el mundo no lo conoció ni lo recibió». Pero, los que lo acogieron, recibieron el poder de llegar a ser hijos de Dios.
De lo anterior, concluimos que los creyentes no somos hijos de las tinieblas ni hijos del diablo. Somos hijos de la luz e hijos de Dios. Desde el día de nuestro bautismo, somos engendrados por Dios para ser sus hijos: objetos de su confianza, de sus gracias, de su amistad, de sus bendiciones y favores. Esa es la verdad. Esto conlleva una gran responsabilidad, la de vivir como tales.
Para vivir como verdaderos hijos de Dios, es preciso tener dos actitudes: la de Adela Kam, quien nos dejó un legado: «Donde Dios te puso, florecerás; a donde Dios te sacó, no volverás»; la de santa Catalina de Siena, a quien Jesús le dijo: «Yo estuve a tu lado fortaleciéndote, para que tu fe no desfallezca y seas fuerte ante las tentaciones». Esas dos actitudes, nos muestran que Dios-siempre-está-con-nosotros cumpliendo su palabra: «el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Pidamos a Dios que nunca se aparte de nosotros, nos proteja y nos guarde. Amén.
