Por el bautismo somos hechos hijos amados de Dios. Ser hijos de Dios significa que somos sus servidores, elegidos y seguidores de Jesús que «pasó –por este mundo– haciendo el bien». Esa es la verdad y esa es la realidad. ¿Por qué? Porque «nos conviene cumplir todo lo que está establecido», sin discusión como Jesús. Por eso, en el evangelio, Dios dice de Jesús: «Este es mi hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección». Esto es, somos hijos amados de Dios, por tanto:
- Servidores. Todo lo que hacemos tiene una función social. El cristiano se hace servidor de Dios para servir más y mejor a los demás. Porque el servicio tiene el potencial de hacernos santos, como sucedió con Santa Teresa de Calcuta.
- Elegidos. Dios nos ha elegido para ser sus hijos. Por eso dice el Señor: «No son ustedes los que me habéis elegido. Fui yo quien os ha elegido, para que den fruto y ese fruto sea duradero» (Juan 15,16).
- Seguidores. Somos seguidores del que «pasó –por este mundo– haciendo el bien». No tenemos otro camino sino el camino del bien. Es más, como dice San Pablo: «Hay que vencer el mal con el bien» (Romanos 12,21). Pues «el que hace el bien a otros se beneficia a sí mismo; mas el que es cruel se perjudica a sí mismo» (Proverbios 8,34), tal como dicta la ley del «efecto rebote» o «efecto yoyó», no es asunto de Karma o de magia.
