Un hombre que en sus sueños vio a un personaje perfecto, lleno de cualidades, de amor generoso, bondad, trabajador, simpatía en el trato, dominio de sí mismo, de buenos ejemplos, fiel, etc., se preguntó: ¿quién podrá ser ese personaje tan maravilloso y perfecto? Y una voz le contestó: eso es lo que Dios deseaba que usted llegara a ser.
¿Cuál es nuestro mayor tesoro en esta vida? Aquel ideal que Dios tiene para cada uno: ser lo que Dios quiere que lleguemos a ser. Así es como Salomón oró: «Señor, dame un corazón comprensivo, para juzgar bien a tu pueblo y para discernir entre el bien y el mal«. Y Dios le dio «un corazón sabio y prudente«, a la «medida de Cristo«, pues somos «imagen de Dios«. Suponte que un día Dios se miró en el espejo y, según esa imagen que vio, te creó a ti justo parecido a Él, varón y mujer. ¡Benditos nosotros que hemos sido creados a imagen de Dios!
Por eso, nuestra oración de todos los días debía ser: «HAZ SEÑOR QUE YO LLEGUE A SER LO QUE TÚ DESDE EL COMIENZO HAS DESEADO QUE YO SEA». El deseo de Dios hemos de realizar nosotros. Entonces vamos a parecernos al hombre que compra el campo, al otro que encuentra una perla de gran valor, un tercero que pesca abundantemente y los selecciona. Ser los elegidos de Dios ha de ser nuestra mayor gloria, nuestro mayor tesoro y nuestro mayor deseo.

