¿Alguna vez te has preguntado qué se necesita para vivir en paz, aquí y en el más allá?
Primero, en el reino del mundo, tenemos reglas claras: pagar impuestos, cumplir con servicios y responsabilidades. No puedes vivir gratis, sin hacer nada, porque los recursos son finitos y las necesidades infinitas. Por tanto, hay que aprender a administrar, a educarse, a ser sabios, a ser cultos. Esto significa «dar al César lo que es del César».
Segundo, también existe otro reino: el Reino de Dios. Aquí, las exigencias son diferentes, pero igual de importantes. Se trata de cumplir con los deberes que se tiene para con Dios y con el prójimo, de hacer lo correcto para construir ese Reino en nuestro corazón. De esta manera el creyente o el cristiano hace méritos para alcanzar la vida eterna. En tal sentido, san Pablo nos invita «a presentar nuestros cuerpos como hostia viva, santa y agradable a Dios, a transformar nuestra mente y a no ajustarnos solo a este mundo» (Romanos 12,1-2), porque es vedad que «vivimos en el mundo sin ser del mundo» (Juan 17,14). En esto consiste «dar a Dios lo que es de Dios».
¿Estás listo para cumplir con ambas exigencias?
