En relación a san Cipriano, se conserva en la historia un hecho muy importante. Era el año 257, y Cipriano fue condenado por el emperador Valeriano a una pena de destierro. Pero, como siguió celebrando ceremonias religiosas, a pesar de la prohibición del emperador, al año siguiente, le decretaron pena de muerte. Entonces, compareció ante el juez y este le siguió un proceso para ejecutar la condena.
El juez dijo:
— El emperador Valeriano a dado órdenes, de que no se permita celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Usted, qué responde?
Cipriano contestó:
— Yo soy cristiano y soy obispo. No conozco a ningún otro dios, sino al único Dios verdadero que creó el cielo y la tierra. A Él le rezamos cada día los cristianos.
El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Éste le preguntó al mártir:
— ¿Es usted el responsable de toda esta gente?
Cipriano contestó:
— Sí, los soy.
El juez continuó:
— El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses.
Cipriano dijo:
— Eso no lo haré nunca.
El juez siguió:
— Piénsalo bien.
Cipriano replicó:
— Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar.
Acto seguido, el juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó la siguiente sentencia:
— Ya que el Obispo se niega a obedecer al emperador, queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada.
Y Cipriano exclamó:
— ¡Gracias sean dadas a Dios!
La multitud gritó:
— ¡Que nos maten también a nosotros, junto con él! ¡Qué nos maten!
Luego, al llegar al lugar del martirio, Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que lo iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias. En cambio, el santo se vendó los ojos y se arrodilló. El verdugo, acercándosele, le cortó la cabeza con un golpe de espada. Así entregó su vida, por causa de Cristo.
San Cipriano, intercede a Dios por nosotros, para que los que somos seguidores de Cristo no sintamos nunca vergüenza de ser cristianos , y proclamemos siempre y en todas partes con nuestras palabras y buenas obras nuestra santa religión.
San Cipriano, ruega por nosotros
