Pareciera que nuestra vida se realiza siempre en una especie de encrucijada donde nada está claro. Y, como todo parece confuso, nos hemos acostumbrado a esa forma de vida. En medio de esa confusión, Jesús advierte: «no jures en falso y cumple lo que has prometido al Señor«. Lo que se promete al Señor, hay que cumplirlo cueste lo que cueste y no utilizarlo para sostener los propios caprichos, medias verdades y las propias inclinaciones.
Cumplir lo que hemos prometido al Señor, significa reafirmar nuestra opción por Él y su Reino. En eso consiste la madurez de la vida cristiana, en «saber decir no, cuando es no; y en saber decir sí, cuando es sí«. Cualquier término medio viene del espíritu del mal, porque lo neutro se constituye en la raíz de todos los problemas.
Por tanto, los creyentes hemos de ser claros y contundentes, no neutrales. La vida cristiana no es para tibios. Es para personas que toman decisiones de acuerdo con su opción por Jesús, por Dios y por su Reino. Esto quiere decir que siendo gobernantes no podemos apoyar el aborto; siendo periodistas, no podemos ser promotores del escándalo; siendo docentes, no podemos envenenar la mente de nuestros estudiantes con ideas extremistas.
