Una antigua leyenda cuenta que Jesús y sus apóstoles llegaron a Galilea. Allí se encontraron con tres carrozas paradas. Entonces, los 12 y Jesús ayudaron al tercer dueño, porque este se esforzaba muchos y recurría a la ayuda de Dios. El tercer dueño comprendió que era preciso confiar en el poder Dios, no sólo en las propias fuerzas. Ese poder es revelado por Dios mismo a Job: «Yo pongo límites al oleaje soberbio del mar«.
Cuenta también un relato muy antiguo que un hombre soñó que iba caminando por la playa del mar y mirando en el cielo estrellado los pasajes de sus vida. Al final del relato, el hombre reclamó: «Dios, ¿cómo es posible que me has dejado sólo en los momentos más difíciles de mi vida? Porque en esos momento sólo he visto una sola huella. Dios le contestó: hijo, Yo jamás te abandonaría ni te abandoné. Esas únicas huellas en la arena son mías. Pues en esos momentos difíciles Yo te llevé en mis brazos«.
Generalmente, el cristiano tiene dos tipos de comportamiento: la del racionalismo (que confía en sus solas fuerzas) y la de la actitud de fe (o sea, creer fervientemente en la ayuda de Dios). Esa actitud tuvieron los apóstoles. Tuvieron miedo y despertaron a Jesús para que les socorra, diciendo: «¡Señor! ¿No te importa que nos hundimos?«. Jesús les contestó: «¿Por qué son tan cobardes? ¿Acaso no tienen fe?«. Y ellos se quedaron atónitos y admirados.
Quizás hemos de tener en cuenta lo que dice san Agustín: «trabaja como si todo dependiera de ti y reza como si todo dependiera de Dios«. Eso significa que, confiando en Dios, podremos vencer las tempestades del dolor, la pobreza, la incomprensión, la dureza de corazón, las preocupaciones, la violencia, las adicciones sexuales, las adicciones al alcohol, las drogas y el hastío por la vida… ¡Confiemos más en nuestro Dios y en su Hijo Jesucristo, para que siga obrando milagros en nuestra vida!
