La recompensa de Dios a sus hijos/as consiste en la Vida Eterna. La Vida Eterna implica jugárselo todo. De hecho, la Vida Eterna lo alcanzarán aquellos que están dispuestos a jugárselo todo, a entregarlo todo, sin pedir nada a cambio.
Eso implica sinceridad de vida, a la hora de cumplir con las prescripciones de nuestra santa religión: la limosna (en relación a otros), la oración (en relación a Dios) y el ayuno (en relación a las cosas). La primera implica velar por las necesidades de otros; la segunda, velar por nuestra honra a Dios; y la tercera, velar por nuestra libertad frente a los bienes materiales, pues nada llevaremos cuando muramos.
Asumir con diligencia aquellos aspectos de nuestra religión nos procura la recompensa de Dios en la Vida Eterna. Es verdad que en la vida cotidiana necesitamos ser recompensados por los favores dispensados, pero para los creyentes la recompensa de Dios ha de ser la más importante de entre todas las recompensas. Por tanto, no perder esa perspectiva de ser recompensados por Dios nos ayudará a ser más leales con nuestros compromisos.
