La santidad no es una opción. Esto significa que para los creyentes, cristianos o católicos, vivir una vida santa es un deber y una necesidad, no una alternativa entre muchas. Este principio se basa en la idea de que la santidad es un llamado de Dios, una forma de vivir apartados para Él, honrando lo que Cristo hizo y viviendo en pureza moral. Por lo tanto, la santidad es entendida como una exigencia para los cristianos, parte integral de su fe y del camino hacia Dios.
Esto es así porque dicen las escrituras: «sean santos porque Yo, el Señor su Dios, soy santo». Lo cual quiere decir que la santidad es el atributo más importante de Dios y que quienes somos hijos/as de Dios tenemos el deber de ser santos. Para ello es preciso orar fervientemente a Dios, buscar su favor, llevar una vida apartada de toda impureza y una vida íntegra como lo hicieron los santos. Por eso dice la Biblia: “Si oras a Dios y buscas el favor del Todopoderoso, si eres puro y vives con integridad, sin duda que él se levantará y devolverá la felicidad a tu hogar. Aunque comenzaste con poco, terminarás con mucho” (Job 8,5-7).
En consecuencia, cabe reiterar que la santidad no es una opción sino un mandato que hay que cumplir. No es algo que podemos elegir o no; es un imperativo para todos los seguidores de Jesucristo. Es decir, no podemos no ser santos. No ser santos sería un completo despropósito para nosotros los creyentes. Asimismo, «ser santos» es también una necesidad que debe ser satisfecha viviendo en conformidad con la voluntad de Dios y su propósito, tal como lo hicieron los santos. Los santos fueron hombres y mujeres como nosotros, que abrieron de par en par sus corazones a Dios, colaboraron con la gracia y hoy son felices en el cielo por toda la eternidad. Que los santos, los amigos de Dios, intercedan por nosotros. ¡Feliz día de todos los santos! Y no nos olvidemos de que la santidad no es una opción para todos los creyentes porque Dios, nuestro Padre, es Santo.
