«Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Salmo 117). Se refiere al día más grande de nuestra fe: el Día de la Pascua, la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por eso, la Pascua de Cristo nos trae 5 gracias.
- Entusiasmarnos a pasar de una vida neutra, tibia, indecisa y confusa que llevamos a una vida decidida, santa y fervorosa. ¿Por qué? Porque «los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que mantienen la neutralidad en tiempos de decadencia moral» (Dante Alhieri). Un joven llevó al célebre pintor Doré una imagen de Jesús que había pintado. Al verlo, el artista le dijo: ¿Sabes qué necesitas para poder hacer buenas pinturas acerca de Jesús? No, contestó el joven. Entonces, Doré sentenció: Necesitas amarlo mucho más. Mientras lo ames poco, tus cuadros siempre serán mediocres.
- Convencernos de que nuestra morada definitiva y principal no está en esta tierra sino en el Paraíso del cielo. Es verdad que «vivimos en el mundo, pero no somos del mundo». Nuestra patria definitiva es el cielo, junto a Dios. Y, para ello, hemos de hacer muchos méritos. Al cielo se llega amando, ayudando, trabajando, esforzándose, aprovechando el tiempo, poniendo nuestros talentos al servicio de Dios y de su Iglesia.
- Darnos la esperanza de que «Si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos» (1Corintios 15). Por eso hay que tomar en cuenta lo siguiente: «Los que obraron el bien, resucitarán para la vida; y los que obraron el mal, resucitarán para la condena eterna» (Juan 5,29). Así que todo depende de nosotros el destino que vamos a conseguir al resucitar.
- Invitarnos a una Vida Nueva, dejando la levadura vieja del pecado, y empezando un modo distinto de obrar y pensar. La verdad es que «nuestro Redentor está vivo, siempre vivo, intercediendo por nosotros». Para que dejemos el pecado, con la ayuda del Señor Resucitado. Que los demás vean solo buenas obras y noten que nuestros pensamientos son positivos, motivadores, llenos de entusiasmo en todo lo que hacemos.
- Infundirnos una gran confianza: «Cristo está vivo y es invencible» (MD, Pío XII). Aunque seas como Magdalena, lleno de pecados, o como Pedro, lleno de dudas, no importa, el Señor siempre te dirá: «no recordaré qué tal haya sido tu vida pasada: si quieres convertirte y ser mejor de hoy en adelante, serás mi amigo para siempre». Estas palabras fortalecen nuestra confianza en Él. ¡Alabado sea Dios, bendito sea Dios! ¡Aleluya!
