1. Escuchar la profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesús (Lc 2,34-35)
- Y Simeón le dijo: «Y a ti una espada te atravesará el alma».
- A pesar de lo doloroso que puede ser la vida, como María, hay que estar dispuestos a cumplir plenamente la voluntad de Dios.
2. Huir a Egipto con Jesús y San José (Mt 2,13-15)
- Porque Herodes estaba buscando al niño para matarlo, junto a su hijo recién nacido, huyó a Egipto con Jesús y San José.
- Ante todo, es preciso defender la vida en todas sus formas porque es el mayor regalo que el ser humano ha recibido de Dios y tiene el deber de protegerla.
3. Perder a Jesús en el templo (Lc 2,41-50)
- Perdió a su Hijo en el templo y le buscó con preocupación y dolor. De hecho, cuando lo encontró, le dijo: “hijo, tu padre y yo te andábamos buscando muy preocupados”
- Frágiles como somos, nosotros también estamos expuestos a perdernos en el mundo y sus ofertas, pero siempre habrá la posibilidad de desandar y rectificar nuestros errores y salir de la confusión.
4. Encontrarse con Jesús en el camino hacia el calvario (Jn 19,17)
- Se encontró con su Hijo llevando la cruz a cuestas rumbo al calvario.
- Desarrollemos nosotros también una mirada motivadora, un punto de vista que apoya, desechando toda forma de mirada acusadora.
5. Ver a Jesús crucificado (Jn 19,17-39)
- Jesús le dijo desde la cruz: «Mujer ahí tienes a tu hijo; hijo ahí tienes a tu madre».
- Aprendamos a vivir como verdaderos hermanos de Jesucristo e hijos de María, nuestra Madre en Cristo.
6. Recibir el cuerpo sin vida de su hijo Jesús (Jn 19,38)
- Le entregaron el cuerpo muerto de su hijo.
- Reaccionar con un acto de fe a nuestras dificultades, problemas, sufrimientos y desencantos, para superarlos con la ayuda de Dios, es lo mejor que podemos hacer confiando en que para Dios no hay nada imposible para Dios.
7. Enterrar el cuerpo de su hijo Jesús (Lc 23,53-54)
- María vio cómo enterraron el cuerpo de su hijo Jesús. La soledad y el dolor fueron su compañía.
- Gracias a ese gesto de María, nosotros podemos decir con san Pablo podríamos decir: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. El hijo de María, para nosotros, es nuestra fortaleza.
