La vida, el significado de su muerte y la veneración posterior a san Antonio de Padua, le ha procurado el título de «Santo de todo el mundo», por el Papa León XIII, a fines del siglo XIX, título que no ha perdido su vigencia hasta nuestros días.
Hablar de San Antonio es hablar del hombre, del religioso, del franciscano dedicado al estudio de la Biblia, de la teología y de la pastoral, para ponerlas al servicio no sólo de los hermanos franciscanos sino de los obispos y cristianos en general al interior de la Iglesia.
La formación que recibió el santo de Padua fue exquisita, sólida y prolongada; formación en la que creció toda su vida, que cultivó, desarrolló y —con la venia y el agrado de san Francisco— comunicó a los demás. Es en este sentido que aquí lo llamamos «Formador de formadores» o lo tomamos como el hombre, el hermano franciscano, que se entregó al servicio de la Palabra de Dios en provecho de su propia persona, de la fraternidad, de la Orden Franciscana y de la misma Iglesia, y siempre con las necesarias e irrenunciables repercusiones sociales. Su condición de formador de formadores, puede tener un lugar dentro del ámbito actual de los estudios más especializados, sobre todo en teología pastoral, con una sólida base bíblica, por encima de toda especulación y de un saber meramente doctrinal.
