Los Sermones que escribió san Antonio tienen contenidos muy precisos e incluso lacónicos, de manera que cumple al pie de la letra lo que dice que los hermanos «cuando prediquen, sean ponderadas y limpias sus palabras, para provecho del pueblo, pregonando los vicios y las virtudes, la pena y la gloria, con brevedad de lenguaje; porque breve fue la palabra del Señor sobre la tierra» (2R 9,3-4). Por tanto, la brevedad de lenguaje está más asociada con la simplicidad evangélica en las palabras del religioso que ha de tener siempre como meta la salvación, el Reino de Dios.
Más aún, el propio san Antonio pudo visibilizar en este aspecto la insistencia de san Francisco en el hablar más por las obras que con la boca. Es decir, el buen ejemplo o la sola presencia, forma y educa más que mil palabras. Aunque en este aspecto también advierte la existencia de religiosos que ostentan «vestir el hábito religioso para aparentar santidad» de vida y, sin embargo, no son sino «pastores que se apacientan a sí mismos».
Así es como Antonio advierte con sus invectivas la situación en la que se encuentran los prelados malos e indignos que se tienen por grandes.
