Francisco de Asís es uno de los santos más célebres de toda la hagiografía cristiana, conocido y admirado incluso en ambientes alejados de la Iglesia Católica y Cristiana. Ha dejado profunda huella en la historia de la Iglesia y de la humanidad a lo largo de todo el segundo milenio. En él se han inspirado literatos, artistas, pintores, escultores, cineastas, historiadores, políticos y hasta revolucionarios.
Nació en Asís en 1182, en una acomodada familia de comerciantes. Tras una juventud entregada a gastar dinero y a divertirse, entró un día en el templo de San Damián donde escuchó la voz del crucifijo: «¡Francisco! ¡Ve y repara mi Iglesia que se encuentra en ruinas! Y él contestó: «De buena gana lo haré, mi Señor». Más adelante, renunció a los bienes paternos en la plaza Santa María la Mayor de Asís, delante del Obispo, diciendo a su padre: «Hasta ahora he llamado padre a Pedro Bernardone, desde ahora diré Padre Nuestro que estás en el cielo». Y, dicho y hecho, se quitó la ropa que tenía puesta y le devolvió a su padre. Luego, se entregó por completo a Dios, como hermano y menor, siguiendo las huellas de la pobreza y humildad de Cristo.
Su humildad hizo de él un hombre profundamente devoto de la Sagrada Eucaristía y del ejercicio del Ministerio Sacerdotal que se encontraba deteriorado y, por eso, invitaba en su Carta a los fieles: «Ved que diariamente se humilla como cuando desde el trono real vino al seno de la Virgen; diariamente él mismo viene a nosotros en humilde apariencia; diariamente desciende desde el seno del Padre al altar en manos del sacerdote».
Asimismo, Francisco era un hombre verdaderamente fraterno, hermano de todos y de todo, evangélico y apostólico, llevó la buena noticia de Cristo por doquier, entre cristianos y no cristianos, llegando incluso hasta el Sultán de Egipto, quien quedó admirado por este pobrecillo que no esgrimía más armas que las de la paz y el bien, el respeto, el diálogo y el amor. Francisco fue fiel a un principio de fraternidad establecida por el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo: «todos vosotros sois hermanos». A esta condición de ser hermanos hace justicia el adagio que dice: «No camines delante de mí, puedo no seguirte; no camines detrás de mí, puedo no guiarte. Caminemos juntos y ayudémonos el uno al otro». En el saber caminar juntos como hermanos, en el ayudarse mutuamente, se encuentra el verdadero secreto de la fraternidad. Por este legado del «don de fraternidad», las tres Órdenes franciscanas le reconocen como su fundador o inspirador.
Finalmente, marcado con las llagas de Cristo, en el Monte Alverna, abrazando hasta el final a la santa penitencia, contrayendo nupcias con la dama pobreza y reconciliado con toda la creación: llamando hermanos al sol, a la luna, al agua, al viento, al fuego, a la hermana y madre tierra, y dando la «bienvenida a la hermana muerte», en su Cántico al hermano sol, descansó en el Señor en Santa María de los Ángeles, la tarde del sábado 3 de octubre de 1226. Y, cuando aún no habían pasado ni dos años de su muerte, el Papa Gregario IX lo elevó a la gloria de los altares, el 16 de julio de 1228, en Asís.
Por tanto, en este día tan solemne, quiero desearles muchísimas felicidades a las tres órdenes franciscanas en Bolivia y el mundo. Dios nos bendiga a todos los franciscanos/as de dorazón con toda clase de favores que más necesitamos para vivir el legado de nuestro Seráfico padre San Francisco de Asís. Paz y Bien.
