Jesús dijo: «Si no se convierten, todos perecerán de la misma manera». Por tanto, hemos de realizar tres pasos para convertirnos a Dios:
- Hacer una Radiografía de nuestra alma y de nuestra vida, para darnos cuenta de lo malo que hemos hecho, pensado o hablado, todo por respeto a Dios. Cuando éramos niños, nos gustaba disfrazarnos. Cuando ya somos mayores, nos ponemos en modo santo. Algunos dicen: «he pecado y nada me ha pasado»; otros dicen: «Dios es bueno. Me va a perdonar».
- Tener el valor de arrepentirse: como dijo el hijo pródigo:¡Le diré, Padre, he pecado contra Dios y contra Ti…! Sentir tristeza y disgusto de lo mal que hemos obrado. Hay dos tristezas: una que lleva al mal y al desaliento; otro que lleva al bien y a la conversión.
- Hacer un propósito firme. ¡Voy a cambiar! ¡Iré a Misa! ¡Voy a dejar de fumar! ¡Volveré a la casa de mi Padre! Consiste en tomar la decisión firme de cambiar. Conocí a un hermano que tenía su habitación todo un desorden. El desorden significa el desorden interior. ¿Qué se puede hacer? Poner en orden. Por eso, Goethe decía: «si me preguntan qué prefiero entre el orden y la justicia, yo, definitivamente, prefiero el orden», porque sin orden es imposible que haya justicia.
